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Pobreza en Oaxaca, rural e indígena

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La conferencia sobre pobreza en América Latina dictada por Pierre Salama en el IISUABJO (30/05/13) es una oportunidad de recuperar algunos datos sobre la situación y las características de la pobreza en Oaxaca. Salama, quien es profesor emérito de la Universidad de París XIII y autor de más de cien publicaciones sobre problemas del desarrollo, indicó que “una política de disminución radical de la pobreza es ante todo, un problema político”.

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¿Lloramos por él o por nosotros?

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Este sábado al despertar luego de dormir con el amargo sabor de boca de los hechos en Monterrey donde 20 personas fueron asesinada cuando estaban relajando un poco la estresante situación que a diario vivimos en este país, la primera nota que encontramos,  es que habían asesinado a Facundo Cabral en Guatemala,  la noticia impacto  de inmediato,  a la mente de muchos de nosotros  vino la canción   “No soy de aquí ni soy de allá”.

Y sí,  hoy impacta y duele esta muerte  porque a  muchos nos  ha acompañado con su música, sus pensamientos  en momentos tristes y alegres un hombre que como muchos solo intentaba ser una voz de paz en medio de tanta podredumbre,  las lágrimas fueron inevitables, ¿fue cuando me pregunte, lloramos por él o por nosotros?

Mucho sucede en nuestro país, la vertiginosidad con la que suceden las cosas nos atrapan, hasta hacernos perder el hilo entre un suceso de sangre y otro, las muertes son demasiadas y poco a poco hemos perdido la capacidad de asombro, la capacidad de sentir por los demás y sobre todo nos sentimos atados por la impotencia de no saber ya que más hacer,  muertes como la de Don Facundo nos sacuden, sin embargo cada muerte debería de sacudirnos igual, llorar por los hijos, hijas, esposos, esposas, madres, padres de otros, de todos y todas.

Hablando de Oaxaca un caso ha movido un poco la empatía de quien parece ser ya está acostumbrándose al olor de la muerte;  El 8 de junio en San Mateo Piñas, un pequeño de seis años con mentiras fue conducido por Julio César Ruiz Martínez de 23 años, para violarlo y después asesinarlo de seis puñaladas, teniendo el cinismo de tirarlo cerca del lugar donde horas antes lo hizo sufrir.

La oportuna intervención de organismos civiles, la procuraduría del estado, sociedad civil y medios de comunicación,   trabajaron conjuntamente para ayudar a que se librara la orden de aprensión y se hiciera justicia finalmente se dio y este asesino pasará su primera  noche este sábado 9 de julio,  en la Penitenciaría Central en la Capital de Oaxaca; una muestra de que trabajando y exigiendo justicia todos y todas al mismo tiempo se puede lograr mucho, cuando este tipo de asesinatos nos lastiman tanto que nos hacen mover juntos, no para quejarnos,  si no para vigilar que se dé la  justicia que en esta ocasión afortunadamente se logró.

Debemos de mantener la capacidad de no perder la empatía por el resto del mundo, no dejar de llorar por quienes son brutalmente asesinados, y  en medida de lo posible hacer algo por muy pequeño que sea para sopesar  el dolor junto a las familias heridas por la muerte violenta , tal vez no logremos parar tanta maldad, ni parar la absurda guerra de FECAL,  o la falta de capacidad de las autoridades, no vamos a detener las luchas de poderes de la delincuencia organizada de la droga en México y Centroamérica,  pero si podremos entender que hacer por alguien que ha perdido a un ser querido,  nos hará seres humanos más conscientes, y dejaremos de llorar por los muertos para empezar a rescatar de la apatía  a los que aún estamos vivos, finalmente como están las cosas nos puede pasar a cualquiera, en cualquier lugar .

“Ayuda al niño que te necesita, ese niño será socio de tu hijo. Ayuda a los viejos, y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas. Además, el servicio es una felicidad segura, como gozar a la naturaleza y cuidarla para el que vendrá. Da sin medida y te darán sin medidas”. Facundo Cabral

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Formas de la indefinición (Gestaltwandel)

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Es preciso que cada imagen le quite algo a la realidad del mundo; es preciso que en cada imagen algo desaparezca, pero no se debe ceder a la tentación del aniquilamiento, de la entropía definitiva; es preciso que la desaparición continúe viva: este es el secreto del arte y de la seducción. Jean Baudrillard

Existen verdades que siempre han estado ahí de manera intermitente, apareciendo y desapareciendo en virtud de una profundidad que las hace incómodas para la norma diaria. Una de esas verdades atañe al lenguaje y nos permite recordar que la primera lengua no es la que llamamos materna o natal. Antes, durante, entre palabra y palabra, el ser humano -también el in-fans que no habla- vive en una región de ecos primordiales, silencios, rumores, sombras, sonidos quebrados. El magma que puebla cada segundo, aunque difícilmente expresable, constituye un fondo que nos hace hablar o, al menos, tartamudear en momentos clave. Es un mito de esta época y de su pasión estructural, que ha privilegiado el medio en detrimento del mensaje -el contexto contra la naturaleza profunda de cada ser-, esa idea de que “todo es lenguaje” y no existe ninguna experiencia que no esté articulada en una trama diferencial, sistémica.

I

Si todo es lenguaje es porque éste incluye el mutismo, un idioma desconocido que no está articulado en ningún código que podamos descifrar. Su “código” se confunde con el exterior sin narración, con la profundidad traumática de lo real. Sin metalenguaje previo, el sentido irrumpe de manera imprevista, con el álgebra de una “puntuación sin texto” que sin cesar nos asedia y nos desequilibra. En virtud de esta inestabilidad primordial hablamos: ¿qué habríamos de decir si nuestro suelo fuera seguro? El lenguaje bebe en un fondo que no tiene lengua conocida. De la misma manera que, casi por pura lógica, la historia vira en momentos cruciales gracias a no poder evitar el halo de lo ahistórico. Es debido a esta proximidad entre el lenguaje y la masa bruta de la materia que las palabras pueden herir, transformar o congelar nuestra realidad. Las palabras son cosas, armas, herramientas, no menos contingentes que las cosas mismas.

Al sentido real le brotan palabras, lejos de que a las palabras les dotemos de significación. Precisamente por esto es posible la traducción. Ya la primera palabra, el primer signo o imagen, la versión original del poeta, es traducción de una experiencia que siempre ha hablado en otra lengua, un rumor que socava por dentro al inglés, al español, al ruso. Antes del saber está la verdad. Antes de la historia, la existencia, una comunidad de sentido que brota de lo insignificante, de un sobresalto remoto que es común a la condición humana y su Babel de lenguajes.

Ello explica que, incluso en el niño, la palabra pueda ser sorprendente, cambiar la materialidad de las vivencias, rehacer la experiencia más común. La fascinación que aún ejerce el arte, a pesar de sus sucesivas “muertes”, sólo se puede explicar por el hecho de que la primera relación con lo real ya es metafórica, pues incluye todas las alteraciones y ecos imaginables. De otro modo no se podría explicar que en un mundo supuestamente saturado de información y conocimiento surjan de vez en cuando signos, imágenes, concatenaciones de palabras que nos detienen, que nos vuelven a una bendita ignorancia y nos permiten reiniciar la vida, una segunda oportunidad. Hablamos, cantamos, pintamos -se podría decir- a pesar del orden policial de nuestra cultura. Como se ha dicho a veces desde Sócrates, la verdad vive de una crisis del saber.

De hecho, de Bob Wilson a Beethoven, de Animal Colletive a Guerín, todo creador ha sido mudo en sus momentos cruciales. Sordo, ensimismado, tartamudo. Hablamos la lengua natal, la asaltamos, en los raros momentos en que decimos algo, desde el subdesarrollo un instante que carece de signos que lo traduzcan. Es una insignificancia apremiante, un silencio denso -aunque sólo dure segundos- el que nos hace hablar.

Desde el lugar del haiku en la poética moderna, de Pound a Gary Snyder, hasta la importancia del arte primitivo en la pintura de Picasso o Morandi, todos los momentos míticos del arte contemporáneo tienden a reconocer ese momento crucial de lo amorfo. Y esto, por no mencionar la importancia del aforismo en Nietzsche o  Deleuze, la sentencia lapidaria de Lacan que nos cristaliza. En los momentos culminantes, lo grande es un juguete de lo pequeño: la comunicación es arcilla en manos del desierto y sus signos.

A las grietas le brotan sentido, un mensaje sin precedentes. Con el humor deliciosamente pueril que le es propio, Cage habla de captar los sonidos del mundo antes de que se conviertan en signos abstractos, códigos que circulan. Esta es la tarea ética y política del arte: por fuera de nuestras murallas, escuchar el rumor real antes de ser estructura, cliché, logo reconocible. Con tal método, con tal intuición para el sentido anterior a las lenguas, Pasolini le hace decir a un actor “Buenas noches” con sesenta significados distintos. Todo arte maltrata la norma, introduce una metamorfosis en la comunicación, hace un “uso menor” del lenguaje. En virtud de la acumulación del tiempo que el artista, como un brujo, escucha en medio de la cronología pactada, la obra original rehace el sentido. Hace entrar en crisis la información, lo que creíamos saber, desde un bajo de fondo anterior a los códigos.

Sea en el cine o en la música, la operación poética de la forma actualiza la aventura de sentirse agonizante en plena normalidad; por lo mismo, la posibilidad de estar dispuesto a renacer jovialmente en otra orilla. Para una irrupción así lo que llamamos con orgullo “historia” es sólo el conjunto de condiciones, prácticamente negativas, necesarias para que ocurra algo nuevo. A diferencia de lo simplemente novedoso, en lo original pulsa siempre con un aura de lejanía, pues ha nacido y respira fuera de lo que llamamos cultura. De ahí el simpático comentario de Baudrillard: “Todo lo malo que le pase a la cultura me parece bien”.


II

En la raíz de la literatura, de la fotografía o el cine, el lenguaje poético logra una impresión imborrable -inconsumible, dice Pasolini- gracias a fundir la articulación con lo “inarticulado” del grito. Tal vez el correlato político de la obra de arte es la revolución. Benjamin recordaba que los pueblos asaltan la historia desde un tiempo que no tiene contabilidad ni cronología. Tal vez por esto, decía, los revolucionarios suelen disparar contra los relojes de las torres, como si quisieran reiniciar el tiempo con una imagen de lo extático. Después de ese momento inaugural que se repite, en un retroceso sistemático ante la verdad de su revelación instantánea, la metafísica occidental vuelve siempre a poner en marcha una teleología de la historia -primero cristiana, después laica- que apuesta por el “olvido del ser”, por el aplazamiento de la inmediatez ética. Separa así lo “universal” del aquí y ahora, del absoluto local de las vivencias. El pesimismo ante la parusía -lo que Berger llama “el carácter oracular de la apariencia”- relanza la maquinaria del optimismo histórico, también su hilera de víctimas.

De modo que, por un lado estaría el rastro de una intolerancia, una exclusión que constituye -al menos- uno de los pilares de la modernidad occidental.  Hablamos de la imagen como instrumento de nuestra voluntad de dominio, una voluntad que no ha cesado aunque a veces hayan parecido pasar de moda las formas más abiertamente sangrientas de poder. En este punto la separación moderna no ha muerto, pues todavía sostiene el álgebra veloz de este mundo que se pretende tardío, queriendo tal vez borrar las huellas de su paso.

De alguna manera la imagen ha tomado el relevo del texto en la metafísica de la separación que define a Occidente. Ha condensado y consumado nuestro nihilismo, esta sistemática aversión hacia todo lo que sea vida elemental, comunidad tocada por la ambigüedad y la muerte. La forma última de nuestro “materialismo”, furiosamente antimaterial, es el crecimiento de las cifras, esta expansión numérica de las pantallas en detrimento de una relación sensitiva con la inmediatez. Y la imagen técnica, antes ya de la tecnología digital, es hija de las cifras, del cálculo.

Es el instrumento poderoso de una normalización que incluye espectaculares efectos especiales, una alternancia entre el tedio y el escándalo, la seguridad y el horror, que se ha vuelto cotidiana. Vivimos en una sociedad cuya mayor vocación es la anestesia, empezando por la de los sentidos, y solamente en este marco puede entenderse la afición de nuestra cultura al perfil de lo escabroso, tanto en la víctima como en el verdugo. Para que el espíritu del encierro global en el individualismo funcione, el estado de excepción ha de convertirse en regla. Y aquí ocupa un lugar neurálgico el impacto informativo, buscando exorcizar continuamente el mal de la exterioridad, prevenir nuestro latente malestar con la dicotomía entre un adentro climatizado y un afuera arrasado.

Una y otra vez, la imagen sensacional ha de tapar la humilde originalidad del acontecimiento cercano, tocado por la comunidad del enigma. Este “terrorismo” medial logra una expropiación del presente sin precedentes, una combinación casi perfecta de infinito y clausura. Aislada de los signos de su existencia mortal, la humanidad desarrollada ha de permanecer atenta a la información. En este punto podemos decir que el uno de la indiferencia, por no decir del odio, es el recipiente de la multiplicidad ruidosa del mercado. Aislamiento y socialización son las dos caras del imperativo mundial de transparencia.


III

Subsisten, no obstante, dos tipos de imágenes. De un lado, los iconos publicitarios que nos rodean, mayoritarios, remitiéndose unos a otros, envolviéndonos con una pared protectora. Estas imágenes, que inundan a veces al arte, aparecen "colgadas" en la cronología social y nos empujan a seguir con la velocidad de la comunicación, a interactuar, deslizarnos, consumir. El referente de todas ellas es la seguridad del desplazamiento continuo, que se ha convertido en nuestra idea fija. Individualismo y comunicación trenzan con ellas una dialéctica sin fin. De otro lado, creando una comunidad momentánea, existen algunas imágenes que nos paran, coagulando la fluidez en una dulce relación con la muerte, una “mala salud de hierro” -decía Trías- que interrumpe el régimen de la circulación.

Tales imágenes detienen el reemplazo incesante de lo social, que es el del aislamiento conectado, para sumergirnos en un tiempo distinto, sin cuenta posible. En este caso la imagen no aparece inserta en la cronología pactada socialmente, sino que tiembla con el tiempo dentro, acumulado en el misterio de una escena. Abren otro tiempo dentro del tiempo, el aura de una lejanía que palpita aquí, en una eternidad que coexiste con la más breve duración. Zona ártica, le llamaba Deleuze a esta vacuola de no comunicación desde la que todavía se puede vivir algo distinto, pensar de otro modo.

Estos momentos de la percepción o del arte no reproducen espectacularmente lo visible, a lo que ya estamos habituados, sino más bien hacen visible lo invisible. Es como si destruyeran la nitidez con la nitidez. Descubren el Tiempo mismo en estado puro, su espectral ambigüedad, más acá de la simplicidad binaria de la cultura informativa, de las noticias establecidas según la lógica del bien y del mal. Cuando el cineasta ruso Aleksandr Sokurov -autor de declaraciones “tristemente antimodernas”, según la queja de Rancière- dice entender sus imágenes como “una preparación para la muerte” está tomando la senda de esta teología inmanente, una inmediatez ética con la cual nuestra tecnología cultural algún día tendrá que medirse.

Liberando a la sensación de la opinión, tal inmediatez despierta algo que estaba remotamente latente en nosotros. Como si impactaran directamente en el sistema nervioso, estas formas poéticas o audiovisuales nos ahorran el tedio de una historia que escuchar, la seguridad de una información que clasificar. Interrumpen la realidad subtitulada que nos protege y nos enferma para introducirnos en una visita “no guiada” por lo real, curándonos con el mal de su desnudez. Estableciendo un diálogo con lo mortal, una relación infinita con la finitud, tales creaciones nos curan con la misma intemperie de la cual la sociedad quiere “librarnos”… para convertirnos en público cautivo, sujeto al índice de audiencia.

Sin que nadie sea capaz de establecer en cada momento dónde está la línea divisoria, hoy se libra en nuestro imaginario, de la música a la fotografía, la batalla entre un studium mayoritario, informativo y publicitario, y un punctum minoritario, más oscuro y difícil, pero de cuyo valor depende la relación de Occidente con la existencia mortal. Por añadidura, acaso también con la tierra y las culturas antropológicas externas.

¿Una definición en la indefinido, una forma de lo no elegido? Sí, hablamos de un trabajo con sombras de alta definición. Esto es lo que logran algunas piezas de nuestros márgenes. Y también nuestra más espontánea percepción, allí donde conseguimos zafarnos de la mediación infinita que se ha convertido en mensaje. Es preciso reconciliarse con una lentitud fulminante que nos permita prescindir de la protección que brinda la velocidad. No es difícil lograrlo si conseguimos aceptar que el primer sentido está en el secreto, en un desierto que es la suma total de nuestras posibilidades. De hecho, nunca ha sido tan fácil como ahora situarse en una relación ética y estética en relación al estruendo del mundo. Basta con dar un paso al lado, quedarse inmóvil unos segundos, convertirse en invisible y observar. Basta con dejar de participar, interrumpir el flujo de la información y atreverse a entrar en ese silencio -al principio un poco terrorífico- de los márgenes, atendiendo a la escena que se forma cuando la comunicación se corta.


IV

Gostiny Dvor, las caballerizas y Sennaya Plóshchad en San Petersburgo. Y siempre los patios entrevistos al cruzar, huidizos en rojo y verde, susurrando lo que no sabes de la vida. La verdad del mundo es lo incontable que no figura en los mapas, las grietas de espacio y tiempo que robas al pasar. Eso es lo que filma Sergei Loznitsa en La estación: el misterio de la humanidad cuando duerme, deformada por el sueño. Casi mineralizada, reconciliada con su torpor animal. Filmar lo real y sus espectros cuando no “ocurre” nada y ninguna cámara está allí, interrumpiendo la conspiración secreta de los cuerpos.

Vivimos como soñamos, solos. De alguna manera, el arte intenta convertir este emblema de Conrad en el origen de otra comunidad. Una vivencia durable, puesto que atraviesa la muerte, ese silencioso abismo de lo real, con una sonrisa pueril. Nada hay más perturbador que la inocencia. Así ocurre en nuestras más raras criaturas, algunos temas de Nico o de Eyeless in Gaza, esa pieza de Pablo Arcent llamada Cuerdas. Llegan otra vez al hombre a través de un rodeo, por medio del compromiso moral con lo no humano. Conseguir la aparición del espíritu de lo real pulverizando la estúpida omnipresencia del sujeto, ese aura narcisista que nos tapa el sentido de la tierra.

Lo peor de nuestro desarrollo, pero quizá también lo más reformable, es su soberbia inaudita, ese orgullo que nos lleva a ser radicalmente intolerantes con las formas de vida exteriores. Día tras día, localizamos un peligro letal en cualquier humanidad que mantenga un halo de cultura comunitaria, milenaria, espiritual. Para evitar ese choque, inmoral y de incierto resultado político, debemos superar el maniqueísmo implícito a la modernidad occidental -que sólo siente seguridad si hay aislamiento- y recuperar un bienestar en el mal de lo real, en sus escenarios desérticos, sin amparo.

A contrapelo de nuestra globalidad fragmentadora, reivindicamos la “humanidad” de la presencia real, la universalidad de su contingencia. Defendemos la necesidad de recuperar una definición que sólo se hace perdurable si trabaja las grietas, la ruina, la finitud. ¿Alta indefinición? Sí. Nosotros vivimos siempre a partir de modelos, clichés, maquetas abstractas. Lo que urge ahora es empujar la abstracción del concepto, que sostiene nuestras imágenes, hasta el límite de volver a abrazar otra vez el enigma de lo singular, encontrando ahí una definición. Esto supondría, por añadidura, reconocer en lo impolítico de la existencia la primera categoría política.

Lo sensible siempre recuerda a algo. Se trata de volver a apostar, en el arte y en el pensamiento, por la reaparición misteriosa de un objeto que ponga en crisis este útero sociocultural que nos apresa. Es preciso rasgarlo para volver a creer en lo visible, tomar en serio a la personalidad de las cosas, ese algo invisible que anima lo real. Contra la posibilidad de esta experiencia, espiritualmente subversiva, trabaja el circuito cerrado de la información. Bajo él es preciso, parodiando a uno de los clásicos del siglo XX, un nuevo protestantismo de la existencia que corroa el triunfo católico de los medios.

De hecho, la vanguardia del arte contemporáneo, en la cual debemos incluir a muchos autores sin fama, nos invita crecientemente a percibir un envite de alta definición en la indefinición de lo inmediato. Una definición por indeterminación, diría Agamben. Sin sombra, sin noche, sin retraso, no hay percepción, no se configura la materia prima del pensamiento. El hombre desarrollado, por esta razón, es un marginal en el mundo de los sentidos, sufre una atrofia de la cual le vienen más tarde un sinfín de peligros. Recuperar la espiritualidad de la percepción, el sexto sentido anterior a los sentidos, pasa por volver a cierta desnudez, a un subdesarrollo creador que nos permita ser tecnológicamente incorrectos: esto es, usar la tecnología para abandonarla en el momento clave. Es urgente regresar a lo inimaginable del presente, ser capaces de vivir sin la cadena de imágenes y su cobertura. Sostener simplemente una mirada que escuche lo que está ahí, mudo y sin conexiones, sin otro icono que el claroscuro de su existencia.

Escuchar al pie de la letra esta lección, estética y ética, supondría tomar en serio la crisis de la ilusión política occidental, esa voluntad de dominación que concentra nuestra metafísica separadora. En suma, dejar de ser hijos de la Ilustración para volver a ser hijos de la tierra. ¿Habremos sentido tanto el dolor y el enigma de este mundo, de una humanidad que permanece soberana en sus manos vacías, como para estar dispuestos a este cambio?

Última actualización el Viernes, 17 de Junio de 2011 07:03
 

El show debe continuar, la columna rota

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En el buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, tenéis también la explicación de por qué ha sucedido; en el mal periodismo, en cambio, encontramos sólo la descripción, sin ninguna conexión o referencia al contexto histórico. Kapuscinski

No es, como regularmente se dice, que aquellos que se la pasan levantando la voz exigiendo justicia lo hacen porque todo lo ven mal; sólo hay que echar un vistazo a lo que sucede en el país. Desde el pasado 12 de noviembre en la capital del país, se ha estado llevando a cabo un espectáculo de luz y sonido conmemorando con esto el centenario de la Revolución Mexicana.

No se puede negar que el show es realmente entretenido entre momentos de recuerdos dolorosos como las batallas durante la Revolución Mexicana, hasta el discurso final que maneja toda una serie de derechos humanos que se supone ahora todos los mexicanos tenemos, luego de que por 100 años hemos librado luchas que en este escenario muestran desde la Revolución hasta el terremoto del 85, donde la empatía, hermandad en el México que ya no existe, aun permanecía.

Precisamente el día que se presentaba el último ensayo general el 12 de noviembre se conocía en la prensa nacional la muerte de seis mujeres trabajadoras de la tienda Coppel en Sinaloa; la muerte de dichas mujeres cimbró nuevamente haciéndonos recordar por la magnitud de la tragedia lo ocurrido en Sonora en la guardería "ABC", donde 49 niños murieron calcinados ante la ineptitud e impunidad de autoridades y la falta de dolor de algunos sectores de la sociedad.

Aunado a todo esto, las casi 40 mil muertes que en nombre de la lucha contra el narcotráfico se han dado, y que dolorosamente solo vemos cómo a diario los números crecen: pareciera que lo que se pretende con este tipo de shows es solo distraer a los mexicanos.

Sí, es un honor ser mexicano, sin embargo, también escuchando los discursos donde se enaltece a nuestros héroes nos damos cuenta que la situación social, política y económica del México de 1910 no dista mucha de la actual, incluso hoy es más grave; las constantes violaciones a derechos humanos es el tema de todos los días; Guerrero, Chiapas, Ciudad Juárez, Oaxaca, Puebla, Tamaulipas, etcétera: pareciera que cada rincón del país está destinado a ser violentado, sin que muchos levanten la voz.

Oaxaca tiene casi 200 conflictos agrarios, sin contar los conflictos que por diferencias políticas se viven el estado, el día 15 de noviembre la policía estatal, acompañada de los subsecretarios de Gobierno del estado Carlos Santiago Carrasco y Javier Jiménez, "invitaron" a los plantonistas a que se retirarán incluidos las y los desplazados de San Juan Copala instalados desde hace meses en los corredores de lo que antes de Ulises Ruiz fungía como palacio de gobierno.

Todas esas voces desde su realidad distante a la realidad de los poderosos piden justicia y citando nuevamente los escenarios, los shows, de que todo es felicidad en el país, el zócalo de la entidad oaxaqueña tenía que lucir "limpio" para que URO diera su VI Informe.

Un informe que fue distante frío ante las decenas de caso que se vivieron durante su insufrible gestión, un informe donde no se habló de los asesinados en manos de las caravanas de la muerte en 2006, donde no se habló de los millones que se robaron, que no menciona los miles de pobres que hay en Oaxaca, así como no reconoció que los asesinatos que se han dado las últimas semanas en Oaxaca sí tienen que ver con la falta de un gobernador que durante seis años no existió y si sólo hizo fue solo así ensangrentado.

Un informe que no habló de las mujeres asesinadas, ni de los desplazados de San Juan Copala, un informe mudo sobre el derecho a la libertad de expresión.

¡Pero cierto!, esto no es importante lo de 2006 ellos se lo buscaron, lo de los dineros no es verdad el siempre "cumplió", los pobres no hay tales todo es fabricación de los mismos que pretendieron desestabilizar al estado, los asesinatos son parte de la descomposición a nivel nacional que no son tantos como en otros estados, los feminicidios en Oaxaca no esos son asesinatos de mujeres ¿?; como dijo en su momento, los desplazados pues es un conflicto ancestral que no puede resolverse, y además en Oaxaca si existe la libertad de expresión; si solo para algunos privilegiados.

En fin las farsas siguen, los shows deben continuar, a pesar de los niños muertos, los desaparecidos, los necios periodistas asesinados y ah, los pobres.

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Última actualización el Lunes, 22 de Noviembre de 2010 22:38
 

Señales de los tiempos

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El mercado es el nuevo fetiche religioso de la sociedad en que vivimos. Antiguamente nuestros abuelos consultaban la Biblia, la palabra de Dios, ante los acontecimientos de la vida. Nuestros padres, el servicio de meteorología: "¿Lloverá?" Hoy se consulta el mercado: "¿Se desvalorizó el dólar? ¿subió la Bolsa? ¿qué tanto osciló el mercado de capitales?"
Última actualización el Martes, 16 de Noviembre de 2010 09:32 Leer más...
 


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La frase del día

Fracasa estrategia federal contra la crisis alimentaria: Carstens se queda en México