Desde la semana pasada se está reinstalando en México nuevamente con gran fuerza la llamada “guerra sucia” electoral, sobre todo hacia el candidato de las izquierdas. Pero sería un error asociarla mecánicamente con lo ocurrido en las elecciones de 2006, pues existe una diferencia sustancial: la actual guerra sucia se da en medio de un país en guerra que se caracteriza, por un lado por el exterminio selectivo de activistas sociales, defensores de DDHH y periodistas, y, por otro por el exterminio masivo de población civil con más de 60 mil muertos y 10 mil desaparecidos. Es una guerra en medio de otra guerra brutal, que la clase política finge no ver, que forma parte de un proceso global de lucha intercapitalista de carácter internacional por el monopolio territorial de una nueva mercancía ilegal (Inf. Bourbaki).
En un año el país se ha visto sacudido por dos grandes gritos de indignación moral y ciudadana: el “estamos hasta la madre”, encabezado por Javier Sicilia y seguido por miles de víctimas en el país; y el “Yo soy 132”, encabezado por los estudiantes de la Ibero y seguido por miles de jóvenes. Los dos movimientos son síntomas de un gran malestar social ante la inseguridad y el desempleo. Ambos tienen como sujetos sociales a las principales víctimas de esta guerra que nos atraviesa: las familias y los jóvenes. Estas dos expresiones ciudadanas, originadas sobre todo desde la clase media urbana, han logrado rápidamente su primer objetivo: “desnudar públicamente la verdad”, como diría Gandhi, visibilizar la violencia, la corrupción, el engaño: los familiares de las víctimas de la guerra lograron mostrarnos la magnitud brutal de la muerte y la desaparición, la impunidad, así como la historia, la dignidad y la identidad social de las víctimas producto de un modelo de seguridad armada absurdo; los estudiantes nos mostraron la manipulación televisiva y el peligro total del regreso del PRI con Peña Nieto, la importancia de recuperar la calle y el espacio público para la libertad en medio del clima de terror que la guerra busca y ha logrado implantar.
Ahora volvemos a observar, con toda claridad, quiénes son los “señores de la guerra” y de la violencia en México, tenemos plena conciencia que la guerra no va a cesar si ciertos partidos toman el poder, porque su forma de actuar responde a esa lógica. Así, unos hacen spots sacando de contexto las declaraciones pacifistas del candidato de las izquierdas al recortar burdamente la mitad de su discurso; otros asocian la inscripción al PRI de un joven –hoy candidato- en 1971 con los muertos de Tlatelolco, mientras, en el colmo de la hipocresía, quien lo dice ha sido parte fundamental del gobierno y del partido que en este sexenio es responsable de 60 mil muertos, sin haber jamás expresado ninguna crítica al respecto. El otro partido, en medio de escándalos asociados con el delito, golpea o amenaza a los jóvenes frente a las cámaras de la TV.
Apostar a inyectar miedo, a partir de falsear totalmente la realidad, se vuelve entonces muy riesgoso en un país con 60 mil muertos y 10 mil desaparecidos. Aterrorizar en una sociedad con miedo es la fórmula perfecta para incrementar la espiral de violencia, o sea, la guerra. Así, se construyen chivos expiatorios, se polariza a la sociedad, se promueven los “castigos ejemplares”. De ahí, que en esta coyuntura sea una tarea central en la construcción de la democracia y de la paz, el desactivar la espiral de la guerra que tan irresponsablemente están azuzando los “señores-partidos de la guerra” en México, empezando desde la propia intervención política del presidente.
Los estudiantes y jóvenes han “puesto a pensar” al país, la creatividad de su protesta ha tenido el ingrediente central de la noviolencia que es la radicalidad moral y reflexiva apuntándolas en los lugares exactos donde se concentra el mal poder y lo inhumano: Tlatalolco, Televisa, las urnas-fraude…Su proceso de lucha y organización nos alienta a los mexicanos y ojalá logren mantener claridad en el carácter inicial de las demandas de su movimiento electoral por un voto crítico y razonado, que es el primer objetivo estratégico a lograr, porque si prevalece la dispersión -el querer abarcarlo todas las justas demandas sociales existentes- sin lograr lo primero, habrán sido derrotados en lo esencial. Como decía Gandhi: objetivos claros, sencillos, fáciles de entender por todos y posibles de alcanzar: no a la manipulación de Televisa, no a Peña Nieto-PRI.
Por ello, como nunca es importante sumarse a estos jóvenes del 131 y 132 para no dejarlos solos, su lucha es por todos y todas nosotros, por el futuro del país; sus padres de la Ibero nos están dando un ejemplo con el video que grabaron poniendo sus cuerpos al lado del de sus hijos amenazados en esta lucha, al igual que los cientos de miles que los acompañamos en las marchas. Es también un buen momento para que la parte de la reserva moral del país que ha estado silenciosa en esta guerra –parte de las iglesias, rectores, escritores y artistas…-, se exprese con fuerza y claridad públicamente con un “Ya basta de la espiral de la guerra”, invitando a todos a votar conciente, masivamente y hacerse cargo de vigilar que su voto se respeta. Esa sí sería una verdadera ofensiva estratégica noviolenta contra la guerra, a favor de la paz y la democracia. Por supuesto, que votar no va a resolver la guerra, ni cambiará el modelo económico y de seguridad existentes, pero ayudará a tener un mejor “piso” donde empezar cuanto antes a reconstruir una verdadera paz con justicia en México, a partir de permitir, por lo menos, la reconstrucción del tejido social, favoreciendo la búsqueda de los desaparecidos, frenando el asesinato como el instrumento económico de la política. Ojalá el 2 de julio podamos dar un tercer grito, pero ahora de cambio hacia un camino de paz.











