Sociedad y barbarie
Viernes, 15 de Junio de 2012 22:31
Miguel Morey
«Sociedad y barbarie defiende los derechos éticos y políticos de una existencia cualquiera, libre de cualquier esencia histórica que la quiera determinar desde “arriba”. No se trata pues de una incursión erudita en el pasado, del análisis de un momento venerable en la historia del pensamiento. Lejos de esto, se analiza a Marx para pensar de nuevo la coacción espiritual que se ejerce día a día sobre nuestras vidas. Tomando en serio el supuesto envés de nuestra cultura que representa el marxismo, se ha pretendido revisar la ortodoxia de fondo que cohesiona esta región de la Tierra en la que vivimos los que sostenemos una tenaz vocación mundial. La dificultad estriba en que es imposible volver a pensar a Marx, desde las raíces, sin remover un canon metafísico que guía nuestra cultura.»
El 28 de marzo de 1973, en el marco de su curso del Collège de France dedicado a estudiar “La sociedad punitiva” (donde comenzará a hacer especial hincapié en la singularidad de la penalidad carcelaria y la forma prisión), Michel Foucault dicta una lección destinada a convertirse rápidamente en memorable, hasta el punto que, muy pronto, una transcripción pirata de la misma comienza a circular por París con el título de “Le pouvoir et la norme”.
[1] Sus primeras líneas sientan toda una declaración programática según la cual, en el análisis del poder, sería preciso desmarcarse de cuatro presupuestos tópicos: el esquema teórico de la apropiación del poder (la idea de que el poder sería algo que se posee); el tema de la localización del poder (la idea de que poder está localizado en el Estado y sus aparatos); el tema de la subordinación del poder (la idea de que el poder está siempre subordinado a un determinado modo de producción); y, finalmente, el tema según el cual el poder, en el orden del conocimiento, nunca puede producir más que efectos ideológicos.
[2] Por si no quedara suficientemente claro que aquello de lo que se exige desmarcarse es precisamente de la vulgata marxista al uso, en su desarrollo del tercero de los temas, el tópico que vincula infraestructura y superestructura, Foucault sentencia: «Es falso decir con "cierto post-hegeliano célebre" que la existencia concreta del hombre es el trabajo. Ya que la vida y el tiempo del hombre no son por naturaleza trabajo, son: placer, discontinuidad, fiesta, reposo, necesidades, apetitos, violencias, depredaciones, etc. El capital debe transformar toda esa energía explosiva en una fuerza de trabajo continua y continuamente ofrecida en el mercado. El capital debe sintetizar la vida en fuerza de trabajo, lo que implica una coerción: la de un sistema de secuestro. La astucia de la sociedad industrial fue, para ejercer esta coacción, retomar la vieja técnica usada del encierro de los pobres». A partir de ahí, a partir de esta puesta en cuestión de la antropología implícita que subyace bajo la mirada marxista, Foucault establecerá una desvinculación analítica entre el ámbito político y el económico, reclamando la especificidad del análisis del poder, su irreductibilidad última a otro dominio que no sea él mismo: «Si es cierto que la estructura económica caracterizada por la acumulación del capital tiene como propiedad transformar la fuerza de trabajo en fuerza productiva, las estructuras de poder que tienen la forma del secuestro tienen como finalidad transformar el tiempo de vida en fuerza de trabajo. El secuestro es el correlato en términos de poder de lo que en términos económicos es la acumulación del capital». Dos problemas pues que, por más inmiscuidos que se nos presenten, pertenecen a dos órdenes diferentes: uno, el de la cantidad de fuerza de trabajo expropiada (la plusvalía que extorsiona el poseedor de los medios de producción, en lugar de quedar reflejada en el salario del trabajador, objeto de lucha económica); dos, el tiempo de vida convertido forzosamente en tiempo de trabajo (la laboralización forzada de las poblaciones y la producción de cuerpos políticamente dóciles y económicamente útiles, objeto de la lucha política).
Se dirá, y con razón, que detrás de este desplazamiento de la mirada política están, sin lugar a dudas, las experiencias del mayo de 1968: la evidencia de una insurrección generalizada eminentemente política, un cuestionamiento de todo poder (comenzando por el autoritarismo familiar y educacional) sin reivindicación económica ninguna y, también, la constatación de la traición de la izquierda tradicional marxista, asentada retóricamente en una perspectiva economicista, la de la lucha política como “lucha de clases”. En cualquier caso, esa lección será como el pistoletazo de salida de un alejamiento de la reflexión progresista respecto de los presupuestos obligados de la vulgata marxista. A finales del mismo año, Aleksandr Solzhenitsyn publica en París la primera parte de su monumental ensayo-reportaje, Archipiélago Gulag, a partir del cual se hace posible – pronto se convertirá en tópico obligado - la equiparación entre el horror del universo concentracionario nazi y el soviético. La publicación, en 1975, del ensayo de André Glucksmann, La Cuisinière et le Mangeur d'Hommes, réflexions sur L'état, le marxisme et les camps de concentration, significa una importante vuelta de tuerca al respecto, algo así como un punto de no retorno - punto de no retorno que la aparición, en 1977, de La barbarie à visage humain de Bernard Henry Lévy (donde ya no se trata, se nos advierte, de cuestionar el estalinismo, el leninismo o el marxismo, sino de dar un paso más allá, consumar el parricidio, y atacar el “progresismo”, esa larga tradición cuyo carácter reaccionario el texto se aplica a demostrar) catapultará mediáticamente el tema, dando nacimiento a los llamados “nuevos filósofos” y a la consiguiente contraofensiva de la derecha chic, la de los enfants terribles de la editorial Grasset, para quienes (B.H. Lévy dixit) Foucault es todavía “demasiado marxista”.[3]
La reflexión que nos propone Ignacio Castro se sitúa de pleno en la dinámica de esa deriva, retomada y repensada unas décadas después. En este sentido, es bien significativo que los primeros nombres propios que aparecen citados sean precisamente los de G. Deleuze, P. Handke, G. Agamben y A. Sokurov, indicando así claramente que ni se trata de una reflexión escolar ni su ámbito se ciñe a la inteligencia parisina, y apostando a que, tal vez, se nos dice, los cuatro compartan una línea de fuga que ayude a pensar al margen de nuestra mitología política. Y ahí se sitúa el envite mayor del texto, sin duda. Se trata ante todo de un acto de resistencia frente a las inercias y las usuras con las que la mitología política heredada lastra la posibilidad de pensar lo político y de hacer que el pensamiento sea de nuevo, también, un acto político. La nueva realidad política que está emergiendo en este mundo nuestro en proceso de globalización (desde las revueltas en las plazas de medio mundo hasta el activismo de las redes sociales) parece exigirlo con urgencia. Así las cosas, nada de extraño hay entonces en la voluntad polémica, provocadora en ocasiones, que atraviesa todo el ensayo, de principio a fin. Sin embargo, es posible que sea un error responder a las provocaciones, cuando menos en una primera navegación. Es muy posible que sea un error tratar esta reflexión como una colección de opiniones con las que rivalizar, atender tan sólo a las respuestas más o menos radicales que se dan en lugar de demorarse en las preguntas que las abren, porque en esa apertura el asunto ya no es el juego de las opiniones sino el del pensar, el que está necesariamente implícito en lo que se dice y el que, a partir de lo que se dice, se propone como posible. Sí, sería una lástima evacuar las preguntas así, casi sin pensarlas, bajo el peso del prejuicio crítico que exige siempre una lectura dialéctica, buscando tan sólo, tercamente, el cuerpo a cuerpo en el antagonismo trucado de las opiniones. Y sería una lástima sobre todo porque entonces probablemente se opacaría el detalle de la articulación compleja y progresiva de una hermosa figura de lo humano – el modo en que se dibujan los gestos con los que ensaya su fuga de la antropología implícita de “cierto post-hegeliano célebre”.
Miguel Morey
L’Escala, otoño de 2011
[1] En tanto que transcripción pirata, este texto no se recoge en Dits et Écrits por lo que se ha convertido en una rareza de bibliófilo, accesible vía Internet. Existe una traducción castellana en R. Maíz (comp.), Discurso, poder, sujeto. Lecturas sobre Michel Foucault, Univ. Santiago de Compostela, 1987, en versión del compilador.
[2] Se reconocerán aquí sin duda los postulados cuya suspensión metódica es señalada por G. Deleuze como el presupuesto teórico que conduce la reflexión foucaultiana en Surveiller et punir. Naissance de la prison (1975). Véase "Ecrivain non: un nouveau cartographe" en Critique, 343 (diciembre de 1975), recogido con modificaciones en Foucault, Minuit, Paris, 1986.
[3] Aunque marque un punto de inflexión de singular importancia, es evidente que esta deriva no es una invención de Foucault. Posibilitan su andadura en esta dirección tanto la purga de la vulgata marxista llevada a cabo por L. Althusser (en particular, por ejemplo, su reflexión sobre los llamados Aparatos Ideológicos de Estado), como el trabajo de escritura de quienes - como Bataille, Blanchot o el propio Deleuze - tratan de ahondar en una experiencia de lo real que no sea reducible a términos dialécticos, y, desde esta experiencia excéntrica a la canónica discursiva, se empeñan en desanudar los nudos con los que la dialéctica trata de convencionalizar toda experiencia. A partir de ahí, el feliz encuentro de esta deriva con la aventura nietzscheana (y no al revés) se hace inevitable.